17 de junio de 2013

Clarinetista conectado


Ocurrió en un junio abrasador de 1954, hace ahora casi un siglo. Por aquel entonces, el agitado centro de Nivealand bullía de pequeños locales donde bandas recién creadas o veteranas sin mercado animaban la noche con todo lo que daba de sí su repertorio.

The Lamp era uno de aquellos locales y Wayne Cool Clamps una de aquellas bandas surgida por el desparpajo de dos jóvenes creadores del medio oeste y dos reenganchados a la música después de sucesivos encontronazos con todo aquello con lo que puede estamparse un músico de tanto talento como poco éxito.

Llevaban casi una hora tocando, sudando entre los focos de papel celofán rojo y el ronroneo de los que esa noche llenaban The Lamp –más por la fama de su ginebra barata y el estatus de rincón de culto que por escuchar especialmente a la nueva banda– cuando Andy Rooney, vocalista y uno de los dos jóvenes atrevidos que lideraban la formación, empezó a presentar a los integrantes de la Wayne Cool Clamps, dejando a cada uno el típico momento para realizar un solo que diera cuenta de los virtuosismos musicales individuales: primero, Wilfried el "Purr" estuvo golpeando su batería hasta que los aplausos rompieron y su cara devolvió el reconocimiento con un gran sonrisa que apagó con el sorbo a una botella de color indefinido; tras él, Andy presentó al pianista Wayne Cool, el verdadero profesional de la banda, el más reconocido y el que, pese a su presente en decadencia, aún guardaba un pasado cargado de gloria; estuvo cerca de dos minutos rememorando estribillos de viejos éxitos para pasar de nuevo a marcar los acordes de la canción de la que partía cuando fue presentado, acompañándole los aplausos en casi todo ese tiempo.

Ya sólo quedaba Pierre Paolo, veterano como Wayne, pero con un pasado tan decadente como su presente, desconocido por su condición de músico de estudio, aunque lo fuera de figuras de la talla de Silvino, The Gates o Steve Works. Fue al que Andy anunció con menos énfasis y con el único por el que no dejó de agitar sus maracas aunque esperaba que iniciase inmediatamente su solo.

Y Pierre empezó a tocar, lenta, lastimosa y pesadamente, una melodía sureña de mediados de los años 20 que sorprendió al público por la falta de sintonía con el setlist de la banda y que hizo que los aplausos intentaran zanjar el momento del clarinetista y reiniciar el del grupo; pero Pierre no sólo no se dio por enterado sino que fue deconstruyendo la rancia melodía hasta reconvertirla al marcado swing del momento, bajando y subiendo escalas, creando disonancias, fraseando varias notas en cada pulso y evolucionando su cuerpo entero con las espirales armónicas de su música.

Llevaba ya cinco minutos tocando y un incrédulo Andy quiso cogerle del hombro para devolverle al The Lamp –todos empezaban a ver claro que Pierre estaba en cualquier otro sitio menos allí–, pero ni el achuchón del vocalista ni el vivo ajetreo que se iba formando en el local parecía importarle. Dio un pequeño paso al frente y empezó a mezclar fragmentos de hitos del jazz con palos flamencos, apuntó hacia los melismas del flautista búlgaro Ryan Evra y estribillos como el de Come to my door de José James, melodías de genios del pop como Ridley Tea o The Wrops y de bandas sonoras de míticas películas como Talk Talk, Leyendas de la Ciudad sin Horizonte o Lioléi; la velocidad con la que pasaba de uno a otro ámbito musical era vertiginosa y decidida, agresiva.

De todo esto no se daba cuenta nadie en ese momento; en primer lugar, porque muchos de esos fragmentos de grandes canciones aún no habían sido compuestos por solistas y grupos que nacerían lustros más tarde; y en segundo lugar, porque la excesiva duración de la interpretación y el estilo que estaba tomando –estuvo cerca de veinte minutos imitando el efecto de scratch sobre un disco de rap con el clarinete– había dividido a los que allí estaban entre los que reían incrédulos, se violentaban haciendo aspavientos y los que escuchaban extasiados, aun soportando el enorme peso que la música empezaba a acumular, no estando por esa razón ninguno de ellos capacitados para analizar qué demonios era lo que estaba realmente tocando el clarinetista.

La propia banda se había refugiado tras la puerta entreabierta del camerino donde sus miembros observaban, alucinados, como Pierre estaba totalmente desatado, congestionado por el esfuerzo, intentando que cada nota iluminara una obra desconocida, de proporciones cúbicas, telúricas y universales.

Cinco horas y media después, justo cuando la policía local de Nivealand llegaba para intentar bajar de allí al chiflado del clarinete y se abría paso entre los que habían estado allí desde el principio y los que había acudido avisados del evento, Pierre Paolo dejó de tocar, separó el instrumento de su boca y cayó desfallecido.

Los Wayne Cool Clamps siguieron durante un tiempo por los locales de Nivealand llegando incluso a ser, durante dos campañas de verano, el grupo interino de la sala Magic Black del casino Gran Faustus; su llama se apagó no mucho más allá del otoño del 62.

Pierre, simplemente, desapareció; después del suceso dejó la formación y no se volvió a saber más de él ni su clarinete hasta los años 90, ya en su vejez y ocaso, con motivo de una entrevista a "Viento del Sur", una humilde revista local de jazz y anuncios clasificados de cursos e instrumentos: en ella, Clara Ferguson, después de un aburrido preámbulo de itinerarios vitales y musicales, le espeta sobre el solo de la noche del 54 en el The Lamp, respondiendo él con excusas desordenadas y confusas, sin fundamento.


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