11 de septiembre de 2008

El ritmo de los astros

1955, Carlos Saura: Los corrales en Embajadores, Legazpi, Madrid.
Esta fotografía de Carlos Saura de la cara trasera de un edificio de viviendas, horadada como por azar por varias ventanas que los inquilinos habían ido haciendo a lo largo del tiempo me llamó la atención por su potencia visual. La caótica colocación de las ventanas sugería que, tras esa pared trasera, se entretejía un laberinto de dormitorios, pasillos, escaleras y rellanos buscando desesperadamente abrir su propio hueco hacia el exterior.

El propio Carlos Saura comentaba en el pie de esta fotografía suya, publicada entonces en El País: "es una pared fantástica, hay que fijarse en la asimetría que hay en las ventanas. No hay nada simétrico".


1933, Henri Cartier-Bresson: Madrid.
El hallazgo, años después, de la fotografía de Cartier-Bresson del mismo edificio (tomada 22 años antes) me corroboraba que esa pared merecía una mirada, una atención especial. Tanto Saura como Cartier-Bresson habían realizado antes varias fotografías, en ambientes rurales sobre todo, en el que el efecto de las ventanas, irregularmente dispuestas, sin obedecer a retícula ninguna, con su oscuridad sobre el revoque blanco, obtenía una especial potencia y expresión.

Recuerdo todo esto al ver uno de los capítulos de Cosmos: "La Armonía de los Mundos"; Carl Sagan habla en él sobre la cultura anasazi, un pueblo amerindio observador de los movimientos solares.

Viviendas anasazi.

Kiva ceremonial anasazi. Cañón del Chaco. Nuevo México
Aunque sus casas bajo los salientes de los acantilados también muestran esa superposición aparentemente aleatoria de espacios y huecos, son los nichos de una de sus construcciones sagradas, una kiva ceremonial o templo sin tejado, los que me recordaban más a los recortes negros de las fotografías de Madrid. Los nichos, sucediéndose en alturas distintas y a intervalos irregulares, marcaban la posición del sol en el solsticio de verano, los ciclos lunares, el ritmo de las estrellas, el paso de las estaciones...

Imaginaba entonces si eso que nos atraía de aquella pared de Cartier-Bresson y Saura no sería el percibir que, tras su disposición caótica y aleatoria, se encontraba un orden organizado en torno al ritmo de los astros, exacto, universal. Aún más: que las necesidades o deseos de cada una de aquellas familias o individuos que taladraron la pared en un lugar y momento dados correspondían con la posición exacta de un planeta, de una estrella, de una constelación... Una melodía cósmica escrita con notas negras sobre el pentagrama de una pared revocada de blanco.




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