Las Redes Sociales vs. Cultura

Leo el décimo quinto artículo que antepone redes sociales a cultura:

"Me borro de Facebook y Twitter"

Y recordaba una cita exquisita de Alberto Manguel, en su "Historia de la lectura", que dice algo así:

“En Nueva Inglaterra, a mediados del siglo XVIII se suponía que la novísima lámpara Argand había fomentado la costumbre de leer en la cama. Se comprobó enseguida que las cenas, anteriormente iluminadas con velas, habían perdido la brillantez de otros tiempos, porque quienes antes sobresalieran en la conversación, ahora se retiraban a sus dormitorios para leer”. 

Es también como decir que, desde que aparece la lectura silenciosa del libro, hemos dejado de escucharnos porque ya no atendemos las historias del aedo.

En fin, yo creo que la cultura no puede contraponerse a las redes sociales (ni al deporte ni a los videojuegos ni al sexo ni a nada) ni es territorio único de la lectura impresa, etc. Es mucho más interesante (y difícil, claro) analizar como podemos integrar las posibilidades que nos ofrece todo esto para elevar nuestra cultura y pensamiento; siempre es más fácil formar parte de los apocalípticos.

En fin, borraos, por favor, pero no lo anunciéis tanto.

Soluciones de publicación digital

Hay diferencias significativas pero no claramente a favor de una de las soluciones frente a otras: allí donde la ergonomía se impone, no lo hace el precio y donde éste es favorable aún queda trabajo por hacer en cuanto a aspectos como la previsualización o la versatilidad a la hora de publicar de manera óptima para Android, IOS o en la web pero, mejor, comparad vosotros. A mí, por ahora, me ha decidido una mezcla de confianza percibida, compromiso con el diseñador y precio.























¿Qué fue de los Estados nacionales?


—¿Qué pasó con los Estados nacionales?¿Cuándo desaparecieron?
—Sobre la mitad del siglo XXI. La cristalización de fronteras delimitadas que vino a sustituir el modelo feudal, albergando culturas, gobiernos y mercados diferenciados, fue desdibujándose con la globalidad de las transacciones financieras y la necesidad de una gobernanza mundial.
—Pero, hasta bien entrado el siglo, hubo movimientos independentistas por todo el mundo.
—Es cierto; el Estado nacional aún era el agente más importante en cuanto a toma de decisiones, pero ya se empezaban a gestar normas de ámbito global, desde la propiedad intelectual a los derechos humanos, pasando por la energía, la administración del agua, el Open Government o las políticas sanitarias... los problemas superaban ya las fronteras y el resultado fue éste del que ahora disfrutamos; y que también padecemos: hemos cambiado la administración del Estado nacional por las organizaciones sociales locales dentro de un marco normativo mundial y las antiguas barreras fronterizas por flujos de información, conocimiento y energía. Ahora el gobierno es un líquido homogéneo que permite flotar a unos ciudadanos que se amalgaman entre sí formando nodos de geometría variable en torno a proyectos, identidades, afinidades o necesidades. Una vez legitimada la capacidad de decisión de una parte sobre el todo, llegar a la posibilidad de escisión del individuo fue automático.
—Pero los problemas siguen, como entonces. No sé si se imaginaban que, una vez que la responsabilidad del gobierno fuera tomada por el empoderamiento ciudadano, el resultado iba a ser tan poco brillante.
—Pero son ya otros problemas; piensa que incluso la evolución de las especies es una suerte de deriva que encuentra soluciones que funcionan pero que no son las perfectas, solamente suficientes y, con eso, basta. Piensa también que el ciudadano es de la misma pasta y tiene las mismas aristas que aquellos otros que dirigían gobiernos nacionales.
—Aún así, echo de menos los símbolos, las banderas, los lemas y los héroes.
—Eso es porque no te gusta el fútbol, allí está todo, no necesitas más.

Clarinetista conectado


Ocurrió en un junio abrasador de 1954, hace ahora casi un siglo. Por aquel entonces, el agitado centro de Nivealand bullía de pequeños locales donde bandas recién creadas o veteranas sin mercado animaban la noche con todo lo que daba de sí su repertorio.

The Lamp era uno de aquellos locales y Wayne Cool Clamps una de aquellas bandas surgida por el desparpajo de dos jóvenes creadores del medio oeste y dos reenganchados a la música después de sucesivos encontronazos con todo aquello con lo que puede estamparse un músico de tanto talento como poco éxito.

Llevaban casi una hora tocando, sudando entre los focos de papel celofán rojo y el ronroneo de los que esa noche llenaban The Lamp –más por la fama de su ginebra barata y el estatus de rincón de culto que por escuchar especialmente a la nueva banda– cuando Andy Rooney, vocalista y uno de los dos jóvenes atrevidos que lideraban la formación, empezó a presentar a los integrantes de la Wayne Cool Clamps, dejando a cada uno el típico momento para realizar un solo que diera cuenta de los virtuosismos musicales individuales: primero, Wilfried el "Purr" estuvo golpeando su batería hasta que los aplausos rompieron y su cara devolvió el reconocimiento con un gran sonrisa que apagó con el sorbo a una botella de color indefinido; tras él, Andy presentó al pianista Wayne Cool, el verdadero profesional de la banda, el más reconocido y el que, pese a su presente en decadencia, aún guardaba un pasado cargado de gloria; estuvo cerca de dos minutos rememorando estribillos de viejos éxitos para pasar de nuevo a marcar los acordes de la canción de la que partía cuando fue presentado, acompañándole los aplausos en casi todo ese tiempo.

Ya sólo quedaba Pierre Paolo, veterano como Wayne, pero con un pasado tan decadente como su presente, desconocido por su condición de músico de estudio, aunque lo fuera de figuras de la talla de Silvino, The Gates o Steve Works. Fue al que Andy anunció con menos énfasis y con el único por el que no dejó de agitar sus maracas aunque esperaba que iniciase inmediatamente su solo.

Y Pierre empezó a tocar, lenta, lastimosa y pesadamente, una melodía sureña de mediados de los años 20 que sorprendió al público por la falta de sintonía con el setlist de la banda y que hizo que los aplausos intentaran zanjar el momento del clarinetista y reiniciar el del grupo; pero Pierre no sólo no se dio por enterado sino que fue deconstruyendo la rancia melodía hasta reconvertirla al marcado swing del momento, bajando y subiendo escalas, creando disonancias, fraseando varias notas en cada pulso y evolucionando su cuerpo entero con las espirales armónicas de su música.

Llevaba ya cinco minutos tocando y un incrédulo Andy quiso cogerle del hombro para devolverle al The Lamp –todos empezaban a ver claro que Pierre estaba en cualquier otro sitio menos allí–, pero ni el achuchón del vocalista ni el vivo ajetreo que se iba formando en el local parecía importarle. Dio un pequeño paso al frente y empezó a mezclar fragmentos de hitos del jazz con palos flamencos, apuntó hacia los melismas del flautista búlgaro Ryan Evra y estribillos como el de Come to my door de José James, melodías de genios del pop como Ridley Tea o The Wrops y de bandas sonoras de míticas películas como Talk Talk, Leyendas de la Ciudad sin Horizonte o Lioléi; la velocidad con la que pasaba de uno a otro ámbito musical era vertiginosa y decidida, agresiva.

De todo esto no se daba cuenta nadie en ese momento; en primer lugar, porque muchos de esos fragmentos de grandes canciones aún no habían sido compuestos por solistas y grupos que nacerían lustros más tarde; y en segundo lugar, porque la excesiva duración de la interpretación y el estilo que estaba tomando –estuvo cerca de veinte minutos imitando el efecto de scratch sobre un disco de rap con el clarinete– había dividido a los que allí estaban entre los que reían incrédulos, se violentaban haciendo aspavientos y los que escuchaban extasiados, aun soportando el enorme peso que la música empezaba a acumular, no estando por esa razón ninguno de ellos capacitados para analizar qué demonios era lo que estaba realmente tocando el clarinetista.

La propia banda se había refugiado tras la puerta entreabierta del camerino donde sus miembros observaban, alucinados, como Pierre estaba totalmente desatado, congestionado por el esfuerzo, intentando que cada nota iluminara una obra desconocida, de proporciones cúbicas, telúricas y universales.

Cinco horas y media después, justo cuando la policía local de Nivealand llegaba para intentar bajar de allí al chiflado del clarinete y se abría paso entre los que habían estado allí desde el principio y los que había acudido avisados del evento, Pierre Paolo dejó de tocar, separó el instrumento de su boca y cayó desfallecido.

Los Wayne Cool Clamps siguieron durante un tiempo por los locales de Nivealand llegando incluso a ser, durante dos campañas de verano, el grupo interino de la sala Magic Black del casino Gran Faustus; su llama se apagó no mucho más allá del otoño del 62.

Pierre, simplemente, desapareció; después del suceso dejó la formación y no se volvió a saber más de él ni su clarinete hasta los años 90, ya en su vejez y ocaso, con motivo de una entrevista a "Viento del Sur", una humilde revista local de jazz y anuncios clasificados de cursos e instrumentos: en ella, Clara Ferguson, después de un aburrido preámbulo de itinerarios vitales y musicales, le espeta sobre el solo de la noche del 54 en el The Lamp, respondiendo él con excusas desordenadas y confusas, sin fundamento.


Concepto gráfico para el grupo de música BandGap

Empiezo a pensar en el concepto gráfico para "BandGap", el grupo de música de mi amigo Miguel Ángel Flores. Sea cual sea el desenlace final, muestro el camino conceptual que pretendo: el logotipo en distintas tipografías y colores (rojo, negro, blanco), colocado en sucesivas capas para ser estas después rasgadas, troceadas, recortadas y traslapadas.

En el concepto está el espíritu de la obra de Jacques Villeglé, aquella basada en la técnica de los affiches déchirées (carteles rasgados) o, como él lo llamaba, décollage.

La idea es mostrar una imagen gráfica construída "quitando" materia en lugar de ponerla, que toma una parte como representación del todo demandando la intervención del espectador para que reconstruya el mensaje global a través de la experiencia en sucesivos encuentros con las gráficas...

Se intenta, de alguna manera, sugerir también con las roturas verticales la imagen de las teclas negras y bancas del piano, una estilización de las notas musicales y sus plicas...

Son los primeros intentos, todo cambiará (y yo lo mostraré, no tanto por el valor del resultado sino por lo interesante que me parece indagar en los procesos creativos).

 











Actualización (i)
Tras estos primeros pasos, se añaden otras soluciones ante espacios pequeños o donde el fondo sea un factor importante; también para acompañar la foto del grupo. En este caso, la tipografía minúscula es rota por los restos que deja sobre ella su versión en mayúscula.



El ritmo de los astros II


Me alegra el seguir encontrando objetos o construcciones que respondan exactamente a los mismos principios de disfrute estético que me producían, y aún producen, las imágenes comentadas en aquella otra entrada del blog (el ritmo de los astros). En este caso, un edificio singular como es el Auditorio Municipal Ciudad de León, diseñado por los arquitectos Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla e inaugurado el 3 de mayo de 2002



Más encuentros... esta vez, Sky Courts, la propuesta de Höweler+Yoon Architecture para albergar la Exposición Internacional de Patrimonio Cultural Inmaterial en Chengdu, China 2012 [en experimenta.es ]



Por supuesto, la Ronchamp Chapel de Le Corbusier's


No añado entonces nada más pues las palabras para estas imágenes se encontraban ya allí.

Recibiendo al Paraíso


Pasaron por el barrizal, que en aquella tarde las lluvias de la mañana habían formado, sin ensuciarse. A cada gol recibido, Requena nos recolocaba en la esperanza que, tarde o temprano, el tejido cambiante que dibujábamos en el campo alcanzase a parar el ataque fulminante, coordinado y perfecto del equipo del Barrio del Paraíso.

Así, pasamos a defender con cinco tras el primer gol; Gulas se unió a la defensa después de encajar el segundo; yo bajé a la media y Pedrito se quedó arriba por si, con suerte, le llegaba el balón; tras el tercero, Requena debió pensar que en el caos podría hallarse la solución y volvimos al 4-4-2 pero con Nicolás y el Gitano intercambiándose las bandas y juntando líneas de tal manera que en cada uno de los siguientes cinco goles –recibidos–, todo nuestro equipo participó activamente.

Diez goles nos metieron en la primera parte y podrían haber sido una docena los que hicieran en la segunda, pero su dimensión era tan grande y estaba tan alejada del resto de equipos que, en un acto de generosidad y docencia, el resto del partido lo pasaron logrando estrepitosos fallos –perfectamente coreografiados– a la hora de marcar. Calzaron once postes, tres largueros, cuatro chuts altos a bocajarro e, incluso, dejaron que la única pelota perdida que oliera Pedrito entrase en su portería, mostrándose por ello fingidamente afligidos y resignados. Cuando acabó el encuentro, alzaron los brazos con ímpetu para darnos a entender que festejaban una victoria muy trabajada y nos ofrecieron su mano tan alegre como educadamente habían jugado.

Les vimos alejarse, como flotando, en una furgoneta azul metalizada mientras nos calaba la lluvia; así acabo todo y empezó la liga: últimos.


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