29 de enero de 2011

Un mundo con hijas I


Hojeo con una satisfacción antigua un gran libro amarillo que mi hija mayor ha traído de la biblioteca: "El gran libro de los Animales" de la editorial San Pablo. Cordados, Plantelmintos y Nematodos, aves paseriformes, columbiformes y anseriformes, palabras que saboreo junto a imágenes de salamandras ciegas de Texas y musarañas, ranas cornudas, facoceros, un oso hormiguero gigante y los monstruos abisales.

Y recuerdo por todo ello otro libro, verde en este caso: "El Árbol del Conocimiento" [gracias Santos] de Maturana y Varela (2003). Observando la distinta configuración de los cuerpos de los animales e imaginando sus diferentes maneras de nadar, volar o recorrer la superficie terrestre, venía a mi memoria un comentario del libro verde que decía algo así: "No sobrevive el más apto, sobrevive el apto. Unas mismas condiciones pueden ser satisfechas de muchas maneras, y no de una optimización de algún criterio ajeno a la supervivencia misma".

Es muy curioso e inevitable entonces hacer lógicos paralelismos con un mundo como el nuestro, en sus aspectos de realización personal y profesional (insertos en una crisis financiera), en los que se busca constantemente la afilada y perfecta forma del tiburón, como si no pudiésemos ser felices como celentéreos... o dentro de la morfología de un ficus.


Mi palmera Kentia

Deriva natural de los seres vivos y deriva mental mía. Nombrar al ficus me ha traído a la mano el programa dirigido por Eduardo Punset, "Redes", de hace unas semanas: "La inteligencia de las plantas". Habla con un catedrático, en Florencia, del caso de un grupo de acacias que, asediadas por una repentina población de antílopes, aumentaron en tal grado su composición en taninos que acabaron por eliminar a todos los animales que amenazaban su existencia.

Más allá de la espectacularidad del caso, me quedo con los comentarios que describen a las plantas con su forma especial de inteligencia, engañando con sus formas, olores y colores a los insectos para utilizarlos como vectores de polinización; seduciéndonos a nosotros, a la especie humana, con sus frutas para el mismo objetivo. Y sobreviviendo durante cientos e, incluso, miles de años. Sobreviviendo sin nosotros, que aún dependemos de ellas para mantenernos vivos en este planeta. Sin aspavientos, buscando elegantemente la luz y modificando su ser ante los cambios, no su posición espacial. Sus hojas rumorean un "no huyas, sé otro".

Miro a mi palmera kentia —lleva con nosotros desde antes del nacimiento de mis hijas— y río imaginando una película de terror donde un pino común instiga una operación contra la especie humana; visualizo la última escena: las intenciones del viejo pino han sido descubiertas y se encuentra rodeado de hombres que observan su altura en silencio y en la penumbra de una noche clara de luna, justo antes de sacrificarlo.

Me dice Mario que ya hay una película con parecido argumento, así que mejor riego a mi kentia.

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