8 de mayo de 2009

Tradición oral y cultura digital

collage JM Lorite
La cultura impresa como un bello paréntesis

Me comentaba Marian, a raíz de la entrada sobre lo que el texto podría llegar a significar en la cultura digital, que la obra literaria se desvirtuaría en ese texto blando, plegado e interactivo: cómo desencuadernar y garabatear la totémica plenitud de una obra como, por ejemplo, El Quijote... la misma esencia de la obra literaria escrita se opondría así a la volatilidad interactiva de la futura obra digital, de autoría múltiple, actualizable, modificable y glosable.

Para ser conscientes de lo que cada uno de los soportes involucrados en el debate aporta o limita al confinamiento y transmisión de nuestra memoria, debemos tener en cuenta al que fue primero: nuestra propia memoria física, trasmitida y almacenada en la práctica de la tradición oral.

El libro desplazó al rollo y contribuyó a la paulatina marginación de la tradición oral. Frente a ella, el códice ofrecía una mayor densidad de información además de poseer la propiedad de mantener inalterable el contenido de lo escrito; esta última característica más la unión del concepto de obra a su propio soporte (un libro es el artefacto escrito para ser leído y es la propia obra en él contenida) es lo que Marian sospecha se rompería en el texto digital.

Pero la información contenida en el códice tuvo que pagar un precio por esas innegables mejoras: por un lado, perdía la capacidad de abstracción que practicaba la tradición oral; con los recursos que nuestra psique le aportaba, no era necesario recordar cada uno de los detalles de la narración para que esta pudiera ser de nuevo reproducida; bastaba con haber entendido el hilo argumental y el concepto del asunto para volver a describir, por ejemplo, la narración mitológica, o un chiste...

Nombres, lugares, incluso el idioma o las anécdotas podían cambiar con el paso del tiempo o con el discurrir geográfico si así lo requería el mensaje en pos de su mejor entendimiento. Y esto precisamente se perdía también con el libro, la maleabilidad de una información que adaptaba su mensaje a la situación del que escuchaba o dialogaba, de sus expectativas, formación y experiencias.

La última moneda que pagó la información, al ser fijada sobre el pergamino o el papel, fue la de su capacidad infinita de pliegue. El narrador, al transmitir oralmente su información, podía decidir insertar según qué explicaciones, omitir otras, hacer más extenso un suceso con todo tipo de detalles y nuevas noticias o reservarse aquellos datos que estima no son necesarios en ese momento. Es cierto, con la escritura nace un concepto de obra plena, redonda, fijada en el tiempo y las formas (por más que revisiones, traducciones o adaptaciones vayan poco a poco transformándola). Pero esto no significa que no pueda existir esa otra obra maleable, que deja parte de su valor en manos del "lector", convertido también en "autor" de la misma.

Estos peajes que la obra pagó para fijarse al papel: abstracción, maleabilidad y pliegue los vuelve a recuperar el texto en el escenario digital, añadiendo otros recursos y alguna problemática.

Como nuestra memoria, la información contenida en el medio digital no se encuentra confinada en un único almacén ni en un único lugar; el texto que podremos explorar nacerá de la unión sin solución de continuidad de fragmentos recogidos de distintas fuentes y proveedores a través de cualquiera de los nodos que tejen la red global. Y al igual que la narración en la tradición oral, la información podrá verse modificada según el contexto de lectura o consulta, según el filtro que la haya hecho aparecer... y será plegable: un mismo texto podrá irse desdoblando dejando ver u ocultando información complementaria, videos, gráficas, locuciones y música, definiciones, indexaciones, resúmenes y comentarios.

A estas características de la tradición oral, la cultura digital añade la de una densidad de información casi infinita y en constante crecimiento por el progreso tecnológico, progreso que obliga sin embargo a que esta información sea traspasada cada vez que las aplicaciones con las que fueron realizadas quedan obsoletas y que plantea uno de los mayores problemas en cuanto a su conservación (¿guardan ustedes algún archivo de word perfect, qbasic o page maker que puedan aún abrir sin problemas?).

El último regalo de la cultura digital frente a la escrita es su capacidad de comunicación multilateral: el autor, los coautores, los lectores, todos los implicados en fin en ese texto digital se comunican, enriquecen, comentan y añaden, complementan y mejoran la información... también hay más ruido pero no todo es perfecto.

Resumiendo, la tradición oral está en realidad muy cerca de las premisas tecnológicas que animan el futuro del texto y lectura digitales, cambios que podrían hacer ver a la cultura impresa como si hubiera sido un eficaz y bello paréntesis y no el dogma por el que el texto o incluso la obra literaria deben expresarse para ser definidos como tales.

3 comentarios:

marian dijo...

Cuentan que cuando Cristopher Marlowe llegó a Londres después de acabar sus estudios en Cambridge, se encontró que circulaba por la ciudad un folleto en el que Walter Raleigh, a quien entonces todavía no conocía, había utilizado uno de sus poemas para componer una escena pastoril. Algo que hoy sería impensable no pasaba de ser una anécdota más en esa época de transición hacia la cultura impresa, en la que la creatividad fluía más libremente y la espontaneidad todavía no había quedado ahogada por los derechos de autor y una concepción cada vez más plana y cerrada de la obra literaria. Sin embargo, cuando parece que estamos en el umbral de otra época- la digital- en la que cabe recuperar parte de ese dinamismo cuesta imaginar un cambio tan profundo. Como concepto, el libro adquiere vida propia desde el momento en que transmite los pensamientos e ideas del autor, que se enriquecen con los ecos que provoca en el lector como una pelota en el frontón. Eso se consigue no sólo con la historia que se cuenta, que puede ser lo de menos, sino con la expresión, los giros, las comas medidas, lo que se expone y lo que se insinúa ¿podrá conservarse eso en un texto con hipervínculos que se despliega y redimensiona, que cambia y evoluciona con las aportaciones sucesivas?. Como soporte, el libro tiene un arraigo cultural, una liturgia que, al menos todavía, no tiene sustituto: subrayados y anotaciones, marcas personales, libros heredados, exlibris, pero también esa idea romántica de que el libro sigue su propio destino, tantas veces reflejada- el cementerio de los libros olvidados- y aun en boga- el bookcrossing. ¿Echaremos de menos este bello paréntesis cuando el libro quede definitivamente arrinconado porque ya no parezca útil?

Anónimo dijo...

Me parece que la cultura digital permite una evolución que, además de recuperar la frescura y la espontaneidad de la tradición oral, también acoge y facilita la obra formal y unilateral que todavía se soporta en el papel.

Me entusiasma la idea de que estén amaneciendo nuevos modelos de composición literaria abierta y participativa, pero creo que no van a sustituir a la obra de autor participada únicamente en la cabeza del lector. Podrán convivir todas las formas que inventemos.

El nuevo medio, permite cubrir todas las necesidades de participación, universalizando tanto la posibilidad de expresarse como la de recepción de los mensajes. Ya existen, y seguirán evolucionando, los libros digitales y otros soportes que multiplican las posibilidades de disfrutar de las obras literarias como lectores sin más, una participación muy necesaria que no modifica ni añade en la obra, aunque puede dar sus frutos en otras posteriores.
Asimismo, los autores manejaran la apertura de sus ideas, de sus obras. Y podrán existir distintas versiones, desde el original hasta todos los estados participativos que se nos ocurran.

Pensando en las obras o versiones abiertas multiautor, que se crearán en un medio digital que garantiza una memoria y espacio que la transmisión oral tiene muy limitado pero que carece aún de toda la inmediatez oral, habrá que estar atentos, a mi me parece una aventura, ver el resultado de la modificación espontánea, veremos los nuevos modelos literarios que se impondrán y la evolución hasta llegar a ellos, el desempeño de los nuevos roles lector-autor las pautas que evitaran la acumulación desacertada de información.

JM Lorite dijo...

La utilización de lectores de tinta electrónica para la lectura, edición y comunicación de texto educativo parece deparar grandes cambios en los métodos de aprendizaje en un futuro muy cercano... quizás a través de la necesidad de una eficaz formación lleguemos a disfrutar de otro tipo de texto literario.

A mí me parece que el texto digital será al impreso lo que el videojuego al cine. Por cierto, los videojuegos 2007 ya suponían el 54% de todo el consumo del sector de ocio audiovisual,es decir, más dinero de lo que se recaudó conjuntamente en taquillas de cine, videoclubes y tiendas de música.

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